Pedro Bueno Salto, pintor

Pedro Bueno: textos críticos

Pedro Bueno Salto en el Casino del Atlántico
El pintor coruñés, Pedro Bueno Salto, con el que compartimos, en nuestros inicios plásticos, alguna exposición y muchos entusiasmos juveniles, muestra actualmente en el casino del Atlántico, una serie de aguadas y acuarelas con un único tema: A Coruña, centrándose especialmente en fuentes y monumentos o en la arquitectura de algún edificio emblemático, como la escuela Labaca o la Casa Molina de Puerta Real. Pero aunque se inspira en nuestro entorno su pincel cobra vuelo, se deja acunar por las alas de la poesía y, de pronto, todo lo representado parece flotar en la niebla de lejanas evocaciones, semeja surgir de una atmósfera acuosa y etérea, de un misterioso país de hadas bañándose en las lechosas aguas de una atlántica luz.
Pedro Bueno dibuja bien, pero no es su dibujo lo que nos encanta, sino ese algo inaprensible que aparece cuando la aguada se extiende sobre el blanco papel y él sabe detenerla hasta el borde justo de la sugerencia, allí donde todavía levita y conserva su transparencia de velo, y a medias vela y muestra unas formas ligeras, que –si fueron piedra- son ahora gasas, nubes volanderas apenas sostenidas por el aire. El pintor subraya aquí y allá, una cornisa, un pedestal, un bulto, una forma escultórica y lo hace con trazo firme y rápido, pero sin interrumpir el gaseoso fluir del conjunto hacia un mas allá anhelado.
Es así como el ángel de la fuente de San Andrés parece elevarse hacia las alturas soplando una trompeta celeste; o como la estatua de Curros Enríquez se desmaterializa y navega, ya sin peso, en la grisalla de la aguatinta, como si fuese él mascaron de proa de un barco alado. Igualmente, los personajes de la fuente de las Cuatro Razas parecen deslizarse, peligrosamente, sobre el borde de un semicírculo abismal, apenas sostenido por la blanca luz. Y la Torre de Hércules es una quemante aguja que perfora un cielo incandescente. Y los personajes de la plaza de Pablo Iglesias adquieren el carácter de una extraña procesión avanzando, compactos pero libres, hacia la fuente del agua de la vida.
Gracia, soltura, expresividad, hacen que el Neptuno de la fuente de Santa Catalina deje de ser el furibundo dios que agita los océanos, para convertirse en un ahilado y elegante efebo, hermano de la palmera que lo acompaña, grácil y liberado de su condena las aguas profundas.
Nos ha gustado, de modo particular, su interpretación del monumento a Salvador de Madariaga, donde el personaje cobra tintas humanas, se abre paso entre una goteante niebla, como un peregrino oteando la luz.
Concluimos así que sus arquitecturas dejan de serlo para convertirse en visión y nuestra ciudad en el mágico territorio de las ensoñaciones atlánticas.
Ánxeles Penas. Crítica de arte del Ideal Gallego