Pedro Bueno Salto, pintor

Pedro Bueno: textos críticos

Un viaje a través del tiempo y el espacio
El pintor coruñes Pedro Bueno nos deleita con un viaje múltiple a través del tiempo y del espacio; del espacio, llevándonos por ámbitos conocidos de nuestra geografía, como la Dársena o el puerto, o por las calles de bulevares de emblemáticas ciudades europeas, como Lisboa, Praga o París; y el tiempo, retrotrayéndonos al Berbés antiguo o a la plaza de María Pita de los año 20.
En cualquiera de estos viajes-pretexto para ese otro viaje íntimo e irrepetible, que es de la creación plástica – nos sumerge en atmósferas evocadoras, de una estudiada entonación, eligiendo el cromatismo que mejor casa con cada uno de los lugares representados. Podríamos decir también que, consciente o intuitivamente, ha puesto en parangón y en contraste la Europa calida, la de los cielos claros y las casa de color ocre, rosado o salmón, con la Europa gris, la de los cielos encantados y lluviosos, la de las plateadas lejanías y de húmedas y espejeantes piedras.
Ejemplo claro de esa Europa luminosa es un cuadro en el que representa una calle de la vieja Lisboa del barrio alto, con su tranvía amarillo, sus casas doradas, sus cielos membrillo y sus sombras color tierra rojiza. Calidez y frescura, murmullo y silencio conviven, creando sensaciones intensas, casi táctiles y olfativas; nos invita, a los que hemos viajado por esa ciudad, a recrear la envolvente poesía que se respira, la nostalgia profunda y ardiente que es el alma de Lisboa y que se columpia en el fado.
El París de nuestros melancólicos recuerdos, la emblemática ciudad que fue el ombligo del mundo durante la primera mitad del siglo XX, nos es devuelto en una vista del "Boulevard Saint Denis", encapotado por blancos celajes, recorrido por invisibles auras cenicientas, humedecido por las leves lluvias. Una atmósfera de soledad lo envuelve todo, se respiran ausencias, se escuchan ecos de pisadas, se adivinan miles de historias.
Parecidas emociones nos trasmite su visión de Praga, un paseo crillado del río, con sus recovecos misteriosos, sus umbríos rincones y sus aguas mercuriales perdiéndose por la curva de la lejanía.
Uno de los canales de Venecia nos empuja también hacia las estaciones del silencio, nos envuelve en las sombras chapapote que rebotan contra las fachadas ocre creando un claroscuro de arcanas insinuaciones. Venecia es, desde luego, el lugar de Europa donde la vida y la muerte, el día y la noche, el abismo y la vertical del cielo se enfrentan con más fuerza.
Pensamos que Bueno ha querido inspirarse; en todo caso, este cuadro, como todos los de la muestra, utiliza un lugar conocido como incentivo para llevarnos hacia lo desconocido, hacia la extrañeza, que es la misión de toda obra de arte que se precie. El contrastado juego de luces, las texturas, la libertad expresiva de la mancha, las salpicaduras lanzadas al azar, el vuelo inédito de una forma, el matiz….., todo habla de que el tema es sólo un pretexto para crear un texto personal, una red de emociones pictóricas que se sustentan en sus propias interacciones, en su diálogo mudo. El fondo o motivo es sólo el sostén de la forma y no al revés
Cuando nos conduce a Coruña de los años XX, el Palacio Municipal queda envuelto en áureas violáceas, esquinado de la cuesta de San Agustín que parece ofrecer un blanco camino hacia perdidas alturas o hacia irrecuperables ancestros; sólo las piedras permanecen. Igual nostalgia nos devuelven las siete dornas que se mecen en el puerto del Berbés, entre una explosión de luz y de sombras malva que titilan en las quietas aguas, conmovidas por ondas de profundidad; son esas las ondas de la remembranza, la agitada mancha que nace de la mano del pintor queriendo decir lo inasible.
Entre los cuadros mas poéticos de exposición figura, según nuestro criterio, una visión nocturna de Santa María a Nova de Noia, absolutamente misteriosa y mágica, con su rosetón y su pórtico abriéndose hacia las honduras de algún Grial escondido, de alguna inaciática y escondida liturgia transformadora.
Y, junto a todo ello, las lontananzas anaranjadas del puerto coruñés prometiendo infinitos y el mar del Orzán, abismal, inmenso, sobrecogedor.
Ánxeles Penas. Crítica de Arte. El Ideal Gallego