Pedro Bueno Salto, pintor

Pedro Bueno: textos críticos

Aquelarres y carnaval en la obra artística de Pedro Bueno Salto
Carlos Pereira Martínez

Según una definición canónica, el aquelarre (argot que etimológicamente procede del euskera aker=castrón, larre=prado) consistiría en una reunión de brujas y brujos en honor a Satanás, simbolizado por la figura de un castrón negro. Tras horas de cánticos y ofrendas orgiásticas, podía tener como colofón la apertura, en el centro del campo, de un portal infernal para rendir culto y consulta al Demonio, con el fin de obtener riquezas y poderes sobrenaturales.
A los aquelarres también se les llamó "Sabbat" (todo lo judío se relacionaba con el mal). La primera vez que se utiliza este termino, -nos indica Julio Caro Baroja en "Las brujas y su mundo"-, fue a mediados del siglo XIV en unos procesos inquisitoriales realizados en la zona de Carcassonne (Toulouse, Francia). Unas mujeres acusadas de brujería, luego de ser torturadas previamente manifestaban que en la noche del viernes al sábado, celebrándolos en lugares diferentes, "en compañía de hombres y mujeres sacrílegos como ellas, se libraban toda clase de excesos, cuyos detalles causan horror" (entre ellos, fornicar con un castrón).
Como tantas celebraciones humanas que funden sus raíces en tiempos pretéritos y oscuros, los aquelarres serían reminiscencias de ritos paganos. Uno de ellos, el de las bacantes, mujeres griegas adoradoras del dios del vino Baco. Con el transcurso del tiempo, este culto báquico se asoció a lo del dios Pan. Las bacantes oficiaban estos rituales, los misterios báquicos, que contenían elementos arcaicos y salvajes: eran ceremonias secretas en su mayoría prohibidas a los varones. Se desenvolvían en un monte o en un paraje solitario y durante unos días, sin contacto con ningún hombre, se producía una apoteosis de desenfreno en el que se mezclaban alcohol, erotismo, misticismo y substancias alucinógenas. Los participantes llegaban incluso a creer que habían copulado con los dioses.
Estos cultos pervivirán en Roma: son las famosas bacanales, asociadas a orgías.
Se piensa que estos rituales no desaparecieron completamente y se mantuvieron, en secreto, por temor al fanatismo cristiano, hasta la Edad Media. Porque es en esta época cuando surge la "caza de brujas". Marvin Harris los dice, en su esclarecedor libro Vacas, cerdos, guerras y brujas, que esta tenía como objetivo desviar la atención de la gente, culpando a brujos y brujas de todas las calamidades, para así

"desplazar la responsabilidad de la crisis de la sociedad medieval tardía desde la Iglesia y El Estado hacia demonios imaginarios con forma humana. Preocupados por las actividades fantásticas de estos demonios, las masas depauperadas, alienadas, por enloquecidas, atribuyeron sus males al desenfreno de El Diablo en vez de la corrupción de el clero y la rapacidad de la nobleza".


Responde la serie de los aquelarres de Pedro Bueno Salto al concepto original?. No, no son los tradicionales, en los que las brujas adoran el castrón (al "gran cabrón" que pintó Goya en un cuadro antológico). En su obra sobre esta temática, que destaca generalmente por el color potente y la ojeada expresionista -aunque algunos cuadros entroncan con las pinturas negras goyescas-, encontramos elementos que consideraríamos clásicos de este mundo oscuro (brujas caricaturescas, seres deformes, grotescos -que encontramos también en sus esculturas en terracota-, gatos, mochuelos ...), pero el elemento central es la figura de una mujer desnuda (o varias), voluptuosa, en ocasiones dormida, de la que emana una sensualidad embriagadora. Es ella la que, en escenas de voyeurismo, es adorada, o más bien deseada, por esta corte infernal, sobre la cual parece ejercer una profunda fascinación. En algunos cuadros incluso aparecen castrónes, pero también ellos miran, son voyeur, no protagonistas.
Si es perfectamente deducible esta interpretación de carácter erótico, también podría identificármelos a estas mujeres resplandecientes, luminosas, con la lámpara maravillosa de Valle-Inclán, la que trae la luz de la sabiduría a las tinieblas, al mundo subterráneo; podríamos hablar de sacerdotisas guardianas del secreto, del triunfo de la belleza sobre la fealdad, de la fertilidad sobre la putrefacción, de la pureza sobre la corrupción, del bien sobre el mal, de la vida sobre la muerte; podríamos constatar la reivindicación, la afirmación de la libertad de la mujer ante un mundo hostil, misógino.
Del todo el conjunto, consideramos que hay una obra emblemática de Pedro Bueno que aborda esta temática: "Puertas del infierno". Cuadro de gran formato, de compleja composición, arde en sus colores una pasión baquiana.

Muy relacionada con la serie de los aquelarres estaría la del Carnaval, una fiesta de creación medieval, bastante bien estudiada en nuestra tierra gracias a trabajos de Antonio Fraguas, Federico Cocho o Xosé Ramón Mariño Ferro, entre otros.
Varias serían las etimologías del argot carnaval: una, propiciada por la Iglesia católica, vendría del latín vulgar carne-levare, abandonar la carne", en referencia a la prohibición de ingerirla en los viernes de Cuaresma; otra la identificaría con el argot italiano carnevale, época en la que se podía comer.

La celebración del Carnaval, esta fiesta de las "carnestolendas" pródiga en permisividad y cierto descontrol que antecede a los rigores de la Cuaresma (represión de la sexualidad, severidad litúrgica ...), tendría unos cimientos antiguos, con muchas semejanzas con los de los aquelarres. Nos remontaríamos de nuevo a Grecia, a los rituales en honor a Baco (bacanales) o, ya en Roma, a los saturnales y lupercales. Pero también podría relacionarla con las que se realizaban en honor del toro Apis en Egipto, las célticas de la diosa Carna o indoeuropeas como el dios Karna.
No deja de ser revelador que la celebración del Carnaval se dé especialmente en países católicos. Mariño Ferro, en su libro "O Entroido ou os praceres da carne", alude al interés de la Iglesia, para extirpar los rastros de paganismo, de identificar a las religiones antiguas como religiones de desenfreno, de orgías, de bebida y de sexo.
El Carnaval, Fiesta de la Carne, sería

"Una fiesta decididamente católica en la que se representa como sería una sociedad apegada a los placeres de la carne. Una fiesta para divertirse y disfrutar antes de la Cuaresma, sí, pero también para convencerse de que una vida centrada exclusivamente en el placer resulta absurda y loca".

Hermosos ejemplos serían, en la literatura, el combate de don Carnal contra doña Cuaresma, del Libro de él buen amor, del arcipreste de Hita, o, en la pintura, el cuadro, del mismo título, del pintor flamenco Pieter Brueghel el Viejo.
Las escenas de carnaval de Pedro Bueno, más que por el Carnaval gallego (aunque algunas mascaras que aparecen en algunos cuadros evocan a las "pantallas" de Xinzo de Limia) están más influidas por el carnaval de Venecia, en la que la nobleza se disfrazaba para salir a mezclarse con el pueblo, utilizando unas mascaras. Las más tradicionales eran las maschera nobile, generalmente una careta blanca (aunque también podía ser plateada o dorada) con ropajes de seda negra o colores oscuros.
Pero el carnaval de Pedro, también expresionista, excepto contadas excepciones no transmite alegría. Algunos de sus cuadros podría asociarlos a sus aquelarres. Más que mostrarnos desinhibidas comparsas contemplamos procesiones trágicas, -gutiérrez- solanescas-, como una oscura Santa Compaña; en otros cuadros, mascaras como de coro de teatro griego nos sobrecogen con su ojeada negra o tristes arlequines semejan ejecutar desoladas danzas. No hay rebumbio de carcajadas, cantos y sonidos, sino un tupido y funeral silencio.

Fernando Mon. Crítico de Arte