Pedro Bueno Salto, pintor

Pedro Bueno: textos críticos

Aproximación a la obra de Pedro Bueno

Por Xulio Valcárcel

Pintor, escultor, muralista (ahí está el espléndido trabajo en el Club del Mar de San Amaro), dibujante ..., un estilo propio y un sello personal distinguen a la Pedro Bueno Salto como uno de los pintores más destacados del panorama actual.
La complejidad de su trabajo lo lleva a mantener varias propuestas simultáneas. Al contrario de Picasso que una vez terminada o conclusa una etapa, pasaba la otra, de manera lineal o diacrónica, Pedro Bueno compatibiliza varios registros a la vez. No "supera" etapas, no olvida planteamientos anteriores, no olvida técnicas ni modos. Mantiene vivas diferentes expresiones, distintos planteamientos, dentro de una misma personalidad artística. Me los diría para resumir que la de Picasso era una concepción diacrónica, lineal, sucesiva; y que la de Pedro Bueno, es sincrónica, vigente, actual.

PAISAJES.-
La faceta más conocida, y reconocida, de Pedro Bueno como pintor es la de paisajista. Tonalidades tenebrosas, oscuras, salpicadas de ocres, grises y blancos, proporcionan una envolvente atmósfera de invernada. Cielos nublados, calles desiertas, reflejos de agua sobre las piedras de calles y plazas de ciudades que reconocemos vagamente, pues el artista opera un proceso de abstracción, aunque siempre se mueva en términos y parámetros figurativos. Quizás más que de abstracción habría que hablar de "interpretación" personal, acercando una perspectiva inédita que dota al tema, al paisaje representado, de una percepción novedosa, distinta.
Las densas, húmedas atmósferas de las pinturas de Pedro Bueno impregnan el espacio con una determinación "psicológica", parecen transmitir estados de ánimo. No son captaciones objetivas, son percepciones subjetivas, expresiones del alma del artista que acuesta sobre el objeto su impronta, su sello personal y sentimental: humedad, hongo y moho, paredes desconchadas, carcoma del tiempo.
Su pintura se caracteriza por la combinación armoniosa entre una parte perfectamente acabada, con elementos delineados y precisos, y otra no menos extensa que aparece difuminada o borrada en un proceso de-constructivo para obtener una mayor capacidad de sugerencia y fuerza expresiva. Luces, sombras y reflejos dotan el espacio de una dimensión reflexiva e intimista.

SIMBOLISMO /SURREALISMO.-
Otra pauta definitoria son las imágenes desenfocadas o distorsionadas, lo que contribuye a acentuar esa especie de "ensoñación invernizo" en la que nada grita, en la que la naturaleza se recoge ensimismada y tranquila. En justa correspondencia, la composición disfruta también de un aspecto ambivalente: por un lado, fuertes, rotundas estructuras (habitualmente árboles) apuntalan, sostienen y concretan; el resto del cuadro aparece desleído, vagaroso, como imaginado o soñado. Contraste que se produce al mismo tiempo entre los elementos fríos, preponderantes, y los cálidos, en una especie de lucha entre luminosidad/ oscuridad, para conseguir una síntesis armoniosa.
Pintura, por supuesto, de los sentidos, expresión de los sentimientos que el artista vierte o proyecta una vez procesados en el interior, referencia evocadora de un tiempo pasado o presente que lleva en sí el estigma de la desaparición. La pintura de Pedro Bueno parte de una objetividad concreta y "se transforma a base de pincelas sueltas, enérgicas, sobre fondos desleídos". En ese proceso del concreto a lo fantástico, de la pulsión irracional y emotiva, a la expresión plástica, el artista nos traslada un mensaje inquietante, a veces delirante, visionaria, conectada con postulados simbólico-surrealistas.
Cuando admiramos la pintura de Pedro Bueno tenemos la sensación de estar ante un clásico. Clásico por los temas, por el tratamiento de la pincelada, por la distribución de las manchas, clásico por la sabia dosificación del color. Un clásico - si permitírsenos definirlo así siendo tan coruñés y en consecuencia tan gallego-, "parisino", dada la afinidad entre el estilo de Pedro y el de algunos pre-impresionistas. Lo que ellos hacían con París, ofreciendo su visión de calles, esquinas, bulevares, Pedro lo hace con lugares conocidos, de A Coruña especialmente, aunque modificados en su dimensión, perspectiva o enfoque. En la pintura de Pedro Bueno encontramos dominio técnico y conocimiento bien asimilado de la cultura plástica universal.

SUBCONSCENTE.-
En otros cuadros observamos siluetas en primer plano perfiladas sobre elementos heterogéneos que semejar relacionarse por acuerdos secretos. Para nosotros aluden al subconsciente "freudiano", a pulsiones íntimas, la siempre compleja sexualidad; un mundo delirante y onírico en el que aparecen animales extravagantes, sorprendentes (leonas, saltamontes, abejas, pulgas ...), el que nos lleva a otros aspectos sarcásticos e irónicos -a los que luego nos referiremos. Esa dimensión "humorística" -dicho en un sentido lato- completa y equilibra el carácter eminentemente lírico de la mayor parte de la obra de Pedro Bueno.
La condición literaria de su pintura no se agota en el color, en la composición, en la textura ..., Pedro desarrolla un tema, un "argumento", sea un paisaje rural o urbano o un aquelarre goyesco en el que las figuras se recortan contra cielos oscuros. Brujas, mochuelos, murciélagos, chupadores de sangre ..., contrastan con zonas luminosas, produciendo una sensación de desasosiego. Representación del más oscuro, abisal y enigmático de la mente humana, tantas veces ignota para el propio sujeto.

BODEGONES.-
Sin ánimo de hacer un estudio exhaustivo de las diversas facetas que nos ofrece la obra de Pedro Bueno, no podemos olvidar un género tan clásico y pictóricamente tan rico y prestigioso como es el "bodegón". Ya en el interior de las tumbas del antiguo Egipto,
cestos representando viandas y bebidas acompañaban el viaje de los difuntos por los territorios del Más Allá. Creían, infelices, que los muertos reconocerían la comida y los objetos de la vida doméstica sirviéndolos de conforto y ayuda (hace falta decir que en algunas aldeas gallegas era tradición dejar un pan por encima de la losa del cementerio para socorrer al mortiño, no fuera a pasar hambre en la larga travesía).
De la antigua Grecia se conservan pinturas sobre jarras y objetos de cerámica representando frutas y animales. Bodegones semejantes, más sencillos en el aspecto decorativo pero con perspectiva realista, aparecen en murales romanos, en Pompeya y Herculano. No hará falta insistir en la riquísima tradición de este género, especialmente a partir del siglo XVII, en todas las artes europeas y universales. Es bien saber que el bodegón, también apodado "naturaleza muerta", representa objetos inanimados cogidos del entorno habitual del pintor, de su cotidianeidad: flores, platos y utensilios de cocina, libros, antigüedades, frutas enteras o abiertas dejando ver el interior, aves y animales de caza. Precisión y realismo en el diseño, cromatismo e iluminación sobre un espacio acotado, consiguen un efecto de complacencia y bienestar.
Encontramos, en los bodegones de Pedro Bueno, elementos inertes, en sosiego, sorprendidos en su ser natural, propio, compañeros silentes que "vivieron conmigo media vida y morirán conmigo media muerte" -decía Neruda-, objetos mudos, discretos, que "están" ahí y convidan a la reflexión: otra de las características de la pintura de Pedro Bueno es la pauta meditativa, reflexiva.
La temática recoge aspectos consustanciales a la propia pintura, esto es al proceso creativo de pintar, son cuadros dentro del cuadro perfectamente acabados, apuntes, bocetos... Los bodegones de Pedro Bueno constituyen una mirada dentro de la mirada, convertido el espacio en una suerte de caja de muñecas rusas, que se achica para aprender nuevas y sucesivas representaciones. Gusto, juego, delectación manierista de las artes por las artes, pintura de la pintura que se autoanaliza y se refleja a sí misma re-creada. Si tuviéramos que indicar un precedente gallego, me los recordaría los bodegones de Alexandre González Pascual.

ESCULTOR.-
Cuanto la faceta de escultor, quizás menos conocida pero no por eso carente de interés, Pedro Bueno coge algunos temas que siendo marginales o secundarios en su pintura, se convierten en protagonistas cuando esculpe. Así las mascarillas, o rostros desfigurados, de rasgos prominentes, orejas macroscópicas, largas narices, desmesurados ojos abiertos, en un expresionismo que incita al terror o a la carcajada. Propuesta tragicómica que aúna sin contradicción el humorístico y el caustico. Universo carnavalesco que denuncia el teatro del mundo, el aquelarre presidido por el gran cabrón, el desgobierno, la mentira.
Históricamente, la mascarilla se empleó entre otras cosas para la humillación y el escarnio público (en las escuelas gallegas el maestro le colocaba orejas de burro a los alumnos poco aplicados o torpes). Mascarillas trágicas, mascarillas cómicas, disfraz que revela, con mayor fidelidad, quizás el verdadero carácter del que representa cuando se usan en ritos sociales o religioso. Es el caso de las figuras espirituales o legendarias destinadas a recoger las cualidades del animal representado (la astucia, la fuerza, la agilidad de un tigre, por ejemplo). Ora, si la mascarilla era de un cerdo la intencionalidad burlesca y despreciativa quedaba patente.
Transformados a otra realidad, los integrantes de la farsa, aparecen invertidos de impunidad y pueden proclamar a berridos lo que los demás por prudencia, cobardía o conveniencia callan. Pedro Bueno evidencia la hipocresía, la ignorancia y la soberbia de la sociedad actual.

CONCLUSIÓN.–
En la versatilidad que define la obra pictórica y escultórica de Pedro Bueno Salto encontramos cuadros marcados por un clasicismo de huella romántica; paisajes de espacios libres, bosques y jardines, y paisajes urbanos; en ambos casos dominan los tonos oscuros equilibrados con otros más claros y cálidos. Cielos brumosos paran sobre escenarios escondidos en un invierno permanente y no obstante pleno de belleza, de una ensoñación nostálgica y eminentemente norteña. Una luz cruda y fría si empareja en cascada de matices tanto visuales y cromáticos como texturales. Destellantes tonalidades blancas y nerviosos movimientos priman lo instintivo sobre la razón. Detalles muy perfilados y acabados conviven con otros sueltos, gestuales, espontáneos, en los que se provoca la mancha, él chorretón, la mezcla aleatoria sobre mojado. Los bodegones destacan por la precisión, la elegancia y la serenidad.

Y al final de esta línea encontramos otra, especialmente en la escultura, en la que los motivos de índole tremendista con adubíos burlescos, desgarbados, imaginativos y fantasiosos. El humor negro, estrafalario, incluso macabro enseñorean una sátira en cierta manera moralizante, al dejar al descubierto la falsedad y la estupidez humanos.
Xulio Valcárcel. Escritor y Poeta